GOHAN
CHAYANOP BOONPRAKOB, NATTAWUT POONPIRIYA Y ATTA HEMWADEE, TAILANDIA, 2026
He estado cubriendo el Festival de Cine Tailandés organizado por la Embajada de Tailandia en Chile, y una de las películas que más esperaba ver era Gohan, dirigida por Chayanop Boonprakob, Nattawut Poonpiriya y Atta Hemwadee. La función se realizó ante una sala completamente llena y comenzó con unas palabras de bienvenida de la embajadora de Tailandia en Chile, Vimolbajra Ruksakiati, quien se dirigió al público y adelantó una noticia especialmente interesante: Gohan tiene previsto estrenarse comercialmente en Chile durante este mismo año.
Después de verla, cuesta imaginar una mejor candidata para conquistar al público latino. Es una película cálida, divertida y profundamente emotiva, de esas que parecen sencillas en un comienzo y terminan encontrando el camino directo hacia el corazón.

Gohan sigue la vida de un perro callejero blanco de nariz rosada a través de tres etapas diferentes y de las personas que aparecen en su camino. Primero conocemos a un ingeniero japonés cercano a la jubilación; luego a una joven migrante birmana que lo rescata; y finalmente a una pareja de universitarios que lo acompaña durante su vejez. Cada historia está dirigida por un cineasta diferente, pero la película nunca se siente como una colección de episodios desconectados. Gohan es el hilo que une todo y, a medida que pasa de una persona a otra, la cinta va construyendo una idea muy sencilla y al mismo tiempo muy poderosa: un hogar no siempre es un lugar, sino aquello que consigue hacernos sentir acompañados.
Lo más atractivo de la película está en la naturalidad con que logra que uno se encariñe con Gohan. No necesita convertirlo en una caricatura ni atribuirle emociones humanas de manera exagerada. Sigue siendo un perro: curioso, imprevisible, cariñoso cuando quiere y capaz de transformar por completo la rutina de quienes se cruzan con él. Esa sencillez hace que las relaciones resulten especialmente genuinas. Hay momentos muy graciosos, escenas cotidianas llenas de ternura y pequeños gestos que, casi sin advertirlo, van acumulando una enorme carga emocional. Y entonces llega un punto en que la película ya te tiene completamente atrapado. Durante la función vi a varias personas llorando abiertamente, escuché sollozos en distintos sectores de la sala y fue difícil encontrar a alguien que saliera indiferente.

Pero Gohan no funciona simplemente porque tenga un perro adorable y sepa cuándo apretar las teclas emocionales. Sus tres historias hablan también de personas que atraviesan cambios importantes: envejecimiento, migración, separaciones, nuevas etapas de la vida y la inevitable experiencia de despedirse. El paso del tiempo adquiere especial importancia porque Gohan permanece como una especie de testigo silencioso mientras los seres humanos que lo rodean cambian. Él no entiende de nacionalidades, diferencias generacionales ni barreras culturales; simplemente responde al cuidado y al afecto. Esa mirada convierte a la película en algo mucho más interesante que una historia sobre mascotas. En el fondo, habla de los vínculos inesperados que construimos y de cómo alguien puede permanecer en nuestra memoria incluso después de haber estado presente durante una parte relativamente breve de nuestra vida.

Por eso Gohan es una de las grandes sorpresas del cine tailandés que llegará a Chile en 2026. Es entretenida, luminosa y muy divertida cuando quiere serlo, pero también sabe encontrar una melancolía que golpea con fuerza sin convertir la experiencia en un drama asfixiante. Su mayor virtud está en hacer que una historia extremadamente accesible termine diciendo cosas bastante profundas sobre el amor, la pertenencia y las despedidas. Y aunque los amantes de los perros probablemente tendrán todavía más dificultades para contener las lágrimas, no hace falta convivir con uno para conectar con lo que propone. Gohan habla, finalmente, de esa necesidad universal de encontrar un lugar (o a alguien) que podamos reconocer como nuestro hogar. Cuando llegue oficialmente a los cines chilenos, sugiero llevar pañuelos.
Finalmente, quisiera felicitar a la Embajada de Tailandia en Chile por hacer posible este festival. Acercar su cine al público chileno es también un gran ejercicio de diplomacia cultural: una forma cercana, inteligente y efectiva de tender puentes entre ambos países a través de sus historias, su sensibilidad y su cultura.