CUATRO SEMILLAS CONTRA EL FIN DEL MUNDO

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Una bomba nuclear arrasa la Tierra y parece borrar cualquier posibilidad de futuro. Sin embargo, entre las ruinas sobrevive algo pequeño pero obstinado: un grupo de semillas de diente de león. A partir de ahí comienza un viaje inesperado, lleno de peligros y descubrimientos, que convierte a estas frágiles semillas en símbolos de esperanza, resiliencia y solidaridad.

El gran viaje es una bella y delicada película de Momoko Seto estrenada en el Festival de Cannes el año pasado pero es incluso más que eso. Es una invitación a ver el cine desde otra óptica: la de cuatro semillas de diente de león y su aventura por sobrevivir a una hecatombe nuclear; y por ello, implica un desafío no menor: desprenderse de la noción humana del tiempo, porque de lo contrario, ¿cuánto realmente duraría una travesía así? Sin duda que los segundos serían siglos, y los siglos milenios y los milenios, millones de años.

Lo que nos propone Momoko Seto es una experiencia única no solo por su belleza en el uso de la animación, imágenes macro y timelapse, sino que una conmovedora historia contada con el silencio propio de lo no-humano, acompañada de una sugerente musicalización que aporta el vocabulario necesario para darle emocionalidad y sentido.

El gran viaje nos hace reflexionar sobre qué son cuatro semillas en la escala del Cosmos. A primera vista, una insignificancia, pero con el poco andar de la película, salta a la vista lo obvio: son la esperanza.

Lo interesante es que uno como espectador tiene que poner de su parte. No basta solo en contemplar. Hay que dejarse llevar como un diente de león más. La gran hazaña de El gran viaje es precisamente esa: que rompe la cuarta pared de la mano de una sensibilidad cinematográfica que recuerda por momentos a Baraka de Ron Fricke.

Esa cercanía con Baraka no es casual ni superficial. Ron Fricke construyó su película desde la misma premisa: prescindir de la palabra y confiar en que la imagen, el ritmo y la música puedan narrar por sí solos. El gran viaje se inscribe en esa misma tradición. Ambas obras entienden que hay verdades como la fragilidad de la vida, la insignificancia y a la vez la magnitud de lo pequeño, que se comunican mejor en silencio que con explicación. Y en ambos casos, el tiempo deja de medirse en minutos de metraje para convertirse en una experiencia casi hipnótica, donde el espectador no mira desde afuera, sino que es arrastrado hacia dentro del propio ciclo que la película retrata.

Kizuna: la fuerza de ir juntos

Durante el conversatorio posterior a la proyección de la película, la directora Momoko Seto profundizó en el concepto de Kizuna, una palabra japonesa que define la conexión y el vínculo solidario entre las personas. Seto explicó que, a diferencia de otras culturas donde se suele privilegiar la historia de un héroe individual, para ella era «muy importante y natural» que las semillas protagonistas de su obra realizaran su travesía y se plantaran siempre juntas. Esta visión de apoyo mutuo no solo se inspira en la resiliencia colectiva observada tras desastres como el tsunami de 2011 en Japón, sino que también se refleja en la enseñanza escolar básica japonesa: la cineasta recordó cómo el primer kanji que aprenden los niños es el de «humano» (人), compuesto por dos líneas que se apoyan la una a la otra, simbolizando que la existencia humana depende de nuestra capacidad de sostenernos entre todos.

Otro de los puntos más cautivadores que la directora compartió fue el origen casi fantástico de su propuesta visual: la idea de transformar un simple diente de león en una «nave espacial» compuesta por pequeños paracaidistas fractales listos para colonizar nuevos mundos. Esta perspectiva de ciencia ficción se entrelaza con una profunda crítica a la obsesión contemporánea por el espacio; Seto sostiene que, mientras muchos miran hacia Marte o las estrellas (que en gran medida son luces de un pasado ya muerto), la verdadera clave del futuro no está en el cielo, sino «debajo de nuestros pies». Aludiendo incluso a los últimos estudios de Darwin sobre las lombrices, la cineasta enfatizó que su obra busca rescatar la importancia de la tierra misma, la cual considera que está «enferma» y requiere nuestra atención urgente. Este compromiso temático se tradujo en un rodaje épico de dos años, donde un equipo pequeño y unido como una familia enfrentó temperaturas de hasta -30 grados en Islandia, logrando una estética tan singular que incluso miembros de su equipo técnico pudieron intuir sus raíces japonesas simplemente a través de la sensibilidad de las imágenes.

El gran viaje no es una película para consumir, sino para habitar. Momoko Seto no busca impresionarnos con la naturaleza, sino recordarnos que somos parte de ella, tan frágiles y tan tenaces como esas semillas que se aferran a la vida en medio de la devastación. Vale la pena ir al cine, apagar por un momento la noción humana del tiempo, y dejarse llevar. Porque a veces, para entender el futuro, primero hay que mirar hacia abajo.

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